Los aceites vegetales se obtienen por la presión en frío de frutos y semillas, siendo la primera presión la que nos hace obtener el mejor y más puro de los aceites. Estos son los de más calidad, aunque ello repercute bastante en su precio, pero no podemos olvidar que la mayor calidad de estas grasas está vinculada a la mayor presencia de sus principios activos y de sus propiedades beneficiosas. Cuando compremos un aceite destinado a la producción de jabones o cosmética, debemos tener cuidado en asegurarnos de que no ha sido refinado y de que no ha sufrido ningún tratamiento químico.
Un aceite es, por definición, un “triglicérido”, es decir: está formado por un alcohol (glicerina o glicerol) y tres ácidos grasos que son los que le dan sus especiales cualidades. Los ácidos grasos que lo componen son ácidos orgánicos compuestos de carbono, hidrógeno y oxígeno, y harán de nuestro aceite una grasa “saturada” o “insaturada”, por lo que también debemos tener en cuenta, a la hora de elegir, que la instauración hace que los jabones se vuelvan más líquidos (en el caso de usar la potasa) o más cremosos (si utilizamos la sosa). También podemos encontrarnos con la calificación de “poliinsaturado”, algo importante dado que, este tipo de aceites, son más propensos a la oxidación.
Para completar lo comentado en los párrafos anteriores hemos de tener en cuenta las siguientes cualidades de los ácidos más habituales: el “esteárico” es saturado, el “láurico” disuelve rápidamente la grasa y genera mucha espuma, el “linoleico” es poliinsaturado, el “misrístico” hace mucha espuma, el “oleico” es emoliente y suavizante y el “palmítico” es saturado.
Ahora voy a daros una pequeña lista de los aceites que yo suelo utilizar a la hora de preparar mis cremas y jabones.
Aceite de Oliva: está compuesto, fundamentalmente, por ácido oleico. Penetra muy bien, es muy emoliente, hidratante y suave y, por ello, adecuado incluso para la piel de los bebés. Es perfecto para personas con afecciones cutáneas, pues es antiséptico y cicatrizante, perfecto para la higiene de personas afectadas por hemorroides. También es adecuado para las personas que sufren de reuma o de inflamaciones cutánea. Produce un jabón ligero y cremoso, de pequeñas burbujas compactas y persistentes. Es el utilizado para el llamado “Jabón de Castilla” o “Jabón de Marsella”. Dentro de la gama de aceites de oliva encontramos muchos grados, siendo el más suave y emoliente el aceite virgen, pero hemos de tener en cuenta que esta calidad, y también la de un grado, tienen un fuerte olor, por lo que no resultan adecuados para hacer jabones que luego queremos perfumar. Yo utilizo mucho el aceite de “orujo de oliva” para hacer jabón de Castilla para lavar la ropa (a mano o a máquina) y también para la cocina o limpiadores generales, pero si quiero hacer un jabón medicinal (como el de laurel o alepo) utilizo el aceite de oliva virgen. Este aceite es adecuado para todo tipo de piel.
Aceite o Manteca de Coco: Este aceite es rico en ácidos láurico y mirístico. Es adecuado para las pieles grasas y ayuda al bronceado, pero la gran cantidad de ácido láurico que contiene, aunque lo hace muy soluble y el jabón apenas se enturbia, reseca un poco la piel, por lo que lo mejor es mezclarlo con algún otro que contrarreste este efecto. Hace una espuma rápida y abundante, con burbujas densas pero que no dura demasiado. El jabón de aceite de coco es el único capaz de hacer espuma en agua salada, por eso es el que suelen utilizar los marinos en sus barcos.
Aceite de Girasol: Para pieles normales. Rico en grasas poliinsaturadas y vitaminas E y F, un potente antioxidante. Se absorbe rápidamente y no deja poso graso, muy adecuado para pieles secas y agrietadas porque les aporta juventud y brillo. Hace un jabón blando que cuaja despacio y que produce burbujas medianas.
Aceite de Soja: Para pieles grasas. Tiene el inconveniente de que se oxida e hidroliza fácilmente. Se compone, principalmente, de ácidos linoleico y oleico, y produce una espuma aceitosa, abundante y bastante estable.
Aceite de Almendras Dulces: Para pieles secas, excelente para niños y ancianos. Fundamentalmente oleico, rico en ácidos grasos monoinsaturados y poliinsaturados y en vitaminas (incluyendo la E). Cuida las pieles sensibles, inflamadas y prematuramente envejecidas, alivia el picor producido por eccemas, se absorbe fácilmente y no es nada pegajoso. Relaja la piel y produce una espuma compacta y persistente.
Aceite de Jojoba: Más que un aceite es una “cera líquida”. Muy rico en ácido mirístico y proteínas y contiene una sustancia similar al colágeno de nuestra piel. No se enrancia, es antiinflamatorio, excelente para pieles enrojecidas o inflamadas, mejora las dermatitis, eccemas y la psoriasis. Adecuado para cualquier tipo de piel. Es de los más caros, por lo que yo lo utilizo más bien para cremas, aunque lo añado como “ingrediente adicional” a mis jabones faciales, ya que les da una cualidad fuertemente nutritiva e hidrantante, además de tener un acusado efecto antiarrugas y de protección solar. También es muy bueno para el cabello, tanto en champús como en acondicionadores, pues repara los cabellos frágiles y les da brillo. Su composición le da una cierta similitud con la secreciones de nuestras glándulas sebáceas, ayudándonos a proteger la capa ácida natural de nuestra piel y regular su grado de humedad. Tiene la ventaja añadida de ser un buen portador de perfumes pero, a la hora de utilizarlo como base vegetal para hacer jabones, tiene el inconveniente de que saponifica muy mal.
Aceite de Germen de Trigo: su elevado contenido de vitamina E o tocoferol lo convierte en un potentísimo antioxidante con efectos conservantes en cualquier tipo de preparado. Esta vitamina resiste al calor, a los ácidos y a los álcalis (por lo que sobrevive a todo el proceso de saponificación). Es un potente vasodilatador que activa la circulación sanguínea y la masa muscular prolongando la vida de los tejidos. Además de la vitamina E contiene proteínas, vitaminas B1, 2, 3 y 6, cinc, hierro, potasio, sulfuro, fósforo, lecitina, provitaminas A y D y ácidos linoleico y oleico. Es muy nutritivo ideal para pieles escamadas o envejecidas, que alivia los picores, el eccema y la psoriasis, ayuda a la curación de las quemaduras solares y sobre el cabello produce un efecto reparador. Es un fantástico antiarrugas, pero tiene el inconveniente de su fuerte olor que no se neutraliza con perfumes.
Miel: aunque en principio no pensemos en ella, este delicioso y beneficioso producto también es una grasa y, a pesar de que su elaboración procede del mundo animal, su composición se basa en principios vegetales. Contiene aminoácidos esenciales, ácidos orgánicos, sales minerales, azufre, fósforo, sodio, potasio, calcio, magnesio, hierro, cobre, manganeso, … y sus ¾ partes son glúcidos (azúcares). Contiene también todas las vitaminas (excepto la A) y tiene un componente antibiótico. Es muy emoliente, antiinflamatorio, calmante, relajante y bueno para pieles sensibles, niños y ancianos. Ayuda a curar los procesos gripales mediante la absorción cutánea de sus propiedades. Hace jabones dulces y delicados pero blandos.
Cera de Abejas: Al igual que la miel tiene la consideración de grasa vegetal y produce un efecto ligeramente balsámico. La podemos encontrar en diferentes texturas según haya sido procesada para la venta. Normalmente se consigue en escamas y en los formatos “amarillo” o “blanco”, siendo la segunda más modificada que la primera. Utilizo la blanca para ligar cremas y jabones, pero uso la amarilla cuando la preciso como ingrediente esencial. El jabón hecho con ella no contiene glicerina, sufre un proceso de cuajado bastante más acelerado y endurece el jabón (por lo que es ideal para mezclar con la miel).
Manteca de Cacao: Es una grasa sólida y muy aromática, rica en teobromina (un alcaloide) y que también contiene cafeína. Estupenda para pieles secas, muy emoliente, calmante y rica en ácidos palmítico, oleico y esteárico. Es poco soluble, por lo que produce jabones turbios y opacos que hidratan y nutren en profundidad y que hacen innecesaria la posterior aplicación de una crema o loción hidratante. Tiene un aroma muy agradable y es muy adecuado para hacer barras de masaje y bálsamos labiales.
Aceite de hueso de Albaricoque: Para todo tipo de pieles, las regenera y da lustre, muy penetrante y muy beneficioso, especialmente, para pieles desvitalizadas, secas, hinchadas o prematuramente envejecidas. Rico en ácidos grasos monoinsaturados y poliinsaturados, vitaminas y minerales. Es algo caro, por lo que yo no suelo utilizarlo para jabones a no ser que lo añada como ingrediente adicional. Sin embargo, es excelente para elaborar cremas faciales.
Aceite de Rosa Mosqueta: Este aceite es muy beneficioso para la piel. Sus propiedades cicatrizantes y regeneradoras lo convierten en un aceite con más consideración medicinal que cosmética, formando parte de las recomendaciones de muchos dermatólogos y cirujanos, pues está especialmente recomendado para aplicar directamente sobre tejidos en procesos de cicatrización, haciendo que las marcas finales en la piel sean menos visibles y que el tiempo de curación se reduzca de manera significativa. Yo lo utilizo como ingrediente añadido en mis jabones dirigidos a las personas con afecciones cutáneas del tipo de eccemas, psoriasis o acné, puesto que ayuda a la curación y evita que queden marcas en la piel.
Preparados oleaginosos o Maceraciones: No todas las plantas sirven como fuente de aceites vegetales, pues la mayoría de ellas no responden al prensado. Esto no significa que tengamos que renunciar a las maravillosas cualidades que contienen, únicamente nos obliga a buscar procesos que nos permitan extraer sus principios activos y sus propiedades beneficiosas para poder aprovecharnos de ellas a la hora de crear distintos preparados. Uno de estos procesos es la “maceración”, que consiste en mantener durante cierto tiempo las plantas sumergidas en aceite para que éste absorba todos sus beneficios.
Para macerar una planta en aceite seguiremos los siguientes pasos:
elegir las plantas y el aceite que más se adecúe a nuestras necesidades (yo utilizo el de oliva o el de girasol)
calcular las proporciones en función de la concentración que deseemos (en mi caso suelo utilizar una parte de planta o hierbas por dos de aceite)
triturar las plantas o hierbas en un mortero mezclándolas con unas gotas de aceite hasta que se forme una pasta espesa
mezclar con el aceite restante y remover hasta que el preparado quede homogéneo
envasar y dejar reposar de dos a cuatro semanas
colar con unas gasas, pasar a envase definitivo y etiquetar
se pueden introducir en el envase unas ramitas u hojas sin deshacer de la planta, lo que le dará un aspecto más bello y nos permitirá identificarlo sin necesidad de mirar la etiqueta
se puede añadir una cucharada de aceite de germen de trigo al preparado para ayudar a una mejor conservación.
Con este proceso habremos descompuesto las células de la planta y el aceite base habrá absorbido sus aceites esenciales y sus principios básicos.
Algunas de las plantas que yo utilizo para las maceraciones son el árnica (por sus propiedades curativas y cicatrizantes), la caléndula (planta maravillosa, buena para todas las pieles y todas sus afecciones), las semillas de zanahoria (potente antioxidante rico en vitaminas A y C, adecuado para pieles secas y agrietadas) y el escaramujo (conservante natural rico en ácidos grasos esenciales, hidratante y rico en vitamina C).
Y con esto espero que tengáis la información suficiente para elegir los aceites y grasas más adecuados para la elaboración de vuestros jabones y, si más adelante queréis adentraros en el mundo de la cosmética, conocerlos para la fabricación de cremas y leches de belleza.